Después de casarse, mis padres se fueron a Cuba, y los cuatro hermanos nacimos allí. En el colegio pedían donativos para las misiones, pero se llevaba lo que cada uno recogía en casa. Mi madre, que era muy cristiana y muy misionera, siempre me hacía trabajar más. Cogía una hucha que hubiera en casa, le ponía un papel que decía Misiones, y me enviaba con la bicicleta lejos, a los ingenios, unas fincas donde se producía azúcar. Los directivos vivían en chalets, y yo iba casa por casa, y sí me daban dinero. Mi madre me decía: «Ve siempre al sitio donde nadie va». Esto que me inculcó ha seguido conmigo toda mi vida.